Tal como explicaba Wissman, la transformación dentro de la sociedad Bashilange era prácticamente un milagro. La propia droga se convirtió en un símbolo de paz, amistad, magia y protección. A los hombres ya no se les permitía llevar armas en su poblado; el canibalismo, que hasta entonces se había aceptado, quedo prohibid; Como los hippies de épocas posteriores, uno saludaba al vecino con las palabras “vida” o “salud”. El vino de palmera, que hasta entonces era una forma de embriagarse fue prohibido; fumar cannabis se convirtió en una obligación.
Las ceremonias religiosas se centraban en el fumado comunitario de la pipa de cannabis (aunque las mujeres fueron, como siempre, excluidas: ellas tenian que trabajar, no colocarse).
Von Wissman se vio inmerso en la nueva creencia: Según afirmaban los nativos, él era la reencarnación de un antiguo jefe, Kassongo, quien, aparentemente y durante su ausencia, había difuminado. Quizá el fenómeno más extraño fuera un nuevo castigo: todo aquel que fuera acusado de un crimen era obligado a fumar rimaba hasta que confesara su transgresión o se desmayase.
Los adúlteros recibían el mismo castigo, y la cantidad de rimaba que tenían que consumir dependía del estatus tribal del transgresor.
Una vez se desmayaba la cosa se ponía fea: lo desnudaban, le metían pimienta en los ojos y le atravesaban el tabique nasal con un hilo rojo en señal de su crimen.
Este nuevo culto no duro mucho. Este estilo de vida proto-hippy tuvo tantos oponentes como posteriores herederos. Las leyes sobre el cannabis eran demasiado permisivas; aquellos que se habían beneficiado de la antigua estratificación social, es decir, los miembros de la aristocracia, creían que la igualdad imperante en la nueva sociedad era algo inaceptable; lo más grave fue el colapso del estatus tribal en la política local.
Aquellas otras tribus que antes habían estado subyugadas perdieron el respeto y se comportaron en consecuencia: se limitaron a ignorar los tributos, que antes fueron vitales para la prosperidad de los Bashilange. Y dado que ya no podían luchar, y menos aun comerse a sus enemigos, ya no podían imponer el cobro.
Ernest Abel, un historiador del cannabis continua con la historia en un libro escrito en 1980: “Todos estos problemas llegaron a su clímax en torno al año 1876, cuando estallo una gran rebelión contra el jefe. Acusaron al jefe, su hermano y su hermana de haber matado a un hombre usando la magia.
Fue una acusación inventada, pero los acusados tuvieron que fumar rimaba hasta perder el sentido. Cuando al final cayeron a tierra, fueron atacados y apuñalados por sus enemigos. Si no hubiera sido por ala intervención de algunos otros lugareños, los hubieran matado. Al no haber tenido éxito en su intento de asesinar a la familia real, los lideres de la rebelión huyeron de la aldea, pero pronto regresaron a sus hogares y nunca nadie les castigo por el crimen.
Sin embargo el fin se acercaba ya, y no paso mucho tiempo antes de que las fuerzas anticannabis reunieran los suficientes partidarios como para acabar con el cultivo de rimaba”.
La utopía había acabado, pero ni siquiera entonces desaparecieron todos los cambios introducidos. La tribu seguía intentando mantener relaciones pacificas, antes que belicosas con sus vecinos, y el sistema seguía conllevando que se fumase cannabis.




















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