Hace unas semanas, escribíamos en esta página sobre el caso -hoy de sobra conocido- de Juan Manuel Rodríguez Gantes, ese coruñés que hace casi 18 años se quedó tetrapléjico tras romper su cuello en el mar (igual que Ramón Sampedro, otro ex-compañero suyo de centro y con una historia conocida por todo el mundo). Juanma, con sus dolores neuropáticos que no se logran aliviar con la medicación convencional, y tras enfrentarse -cultivando cannabis medicinal- a una legislación tan injusta como bien apoyada por los burócratas y funcionarios integrados el sistema, tuvo que recurrir al colectivo de individuos que cultivan cannabis y solicitar su ayuda, porque no encontraba otra manera de conseguir un remedio contra su dolor.
Decía Flaubert, el romántico escritor francés, que creía que si mirásemos siempre al cielo, acabaríamos por tener alas.
Algo así le pasó a Juanma: se lo creyó.
Creyó que era cierto que había una comunidad cannábica, que era solidaria, que sabría ver la situación que atravesaba y la imposibilidad en su caso de cultivar o comprar cannabis, y por lo tanto de poder eliminar el dolor que su sistema nervioso le "regala" todos los días.
Su llamamiento a los cultivadores, a las asociaciones, a los consumidores, y a todos los que de una u otra forma tienen relación -y que lucra a muchos, incluso legítimamente como a los grow shop- con lo que rodea al cultivo de cannabis, se produjo hace casi un año.
Pocos meses después, la realidad le empezó a regalar también un poco de su terquedad, dejándole sin cannabis y sin las donaciones que muchos prometieron y que pocos llevaron a cabo (ocurre todas las veces).
A pesar de que en un último intento ("desesperado y justo antes de tirar ya la toalla", en sus propias palabras) volvió a solicitar la ayuda del colectivo cannábico, y de que en esta ocasión hubo más personas que públicamente pedían que se le facilitara el cannabis necesario, esta "supuesta hermandad del cogollo y la afilada hoja verde" miró hacia otro lado.
La iniciativa de un puñado de personas, que salvo honrosas excepciones, nada tienen que ver con la indiferente comunidad cannábica, ha sido la que finalmente y donando todo tipo de cosas, ha conseguido suministrarle cannabis casi para todo un año. Gracias también a A. y a su mujer, que gestionaron la recogida y transportaron un buen puñado de kilómetros esa medicina para llevársela a Juanma, aún a riesgo de sufrir una detención que podía haber ocurrido en cualquier momento (no faltaron sustos)
Han sido individuos con iniciativas propias, los que han hecho que hoy y durante muchos meses Juanma no tenga que preocuparse de si podrá consumir su medicina o le tocará vivir otro día más en mitad de un pantano de dolores.
Ha sido un hombre de 37 años que está tetraplejico en una silla de ruedas quien ha tenido que encajar la solidaridad de muy pocos -estadísticamente son "despreciables frente al conjunto"- y la indiferencia de todos los demás (el 99'999%).
Esto no sería nada llamativo en el mundo en que vivimos -y que con nuestros actos creamos- de no ser porque esas personas que nada han aportado más allá de bonitas palabras, son los que en sus argumentos y charlas le muestran como ejemplo de la crueldad de un sistema que permite sufrir a un ser humano negándole una medicación.
Pero ellos no.
Ellos creen que nunca serán así, porque creen estar en el lado contrario y haciendo frente a la injusticia.
Ellos creen que ya tienen alas...
Flaubert, que también era un irónico observador de la moral, sentenció:
"La fraternidad es una de las más bellas invenciones de la hipocresía social."
¿Algo más que decir a esto, caballeros?
Juanma ya está "salvado" por unos largos meses, pero no para siempre.
Y como Juanma, hay otras muchas personas que necesitan cannabis y que no pueden disponer de él, por razones muy variadas.
Hay un gran número de enfermos (en su mayoría mujeres con cáncer de mama) que necesitan cannabis para mejorar su calidad de vida en un momento en que detalles así, marcan la dirección de la fina flecha que indica una muerte acercándose o alejándose.
De nuevo, ahora mismo (e igual que dentro de un mes o un año) hace falta que los individuos que pueden (y son muchos aunque parezcan avestruces), colaboren y aporten su ayuda, no miren hacia otro lado y hagan llegar a los enfermos un poco de la hierba que a ellos les enriquece sus vidas.
No faltan enfermos, ni estructuras que puedan gestionar bancos de cannabis medicinal.
Sólo falta que en esta ocasión -y con la inevitable sensación de vergüenza que debería acompañarles si les queda conciencia- no hagan de espectadores o de animadores que sólo sueltan palabrería pero no dan ni un gramo de compasión, no sigan denominándose con rimbombantes adjetivos que pretenden cubrir de "ejemplar solidaridad cannábica" su falta de empatía con los que sufren, y que no se queden esta vez en promesas.
La solidaridad se demuestra generando bienes para aquel que no puede y los necesita.
Se demuestra dedicando tiempo y recursos para otros, hablando mucho menos y haciendo mucho más.
Se demuestra resolviendo el problema de "los y las Juanm@s" que nos rodean.
Y esta vez, la solidaridad tiene que estar seca y -si aún hay suficientes personas que no han sido carcomidas por la indiferencia que cultivan- podrá ser medida en kilos de cogollos de marihuana medicinal.




















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